Narrativa


EL MAL ERA ESO

Fernando Alquézar Alquézar*


22-10-95

Daniel:

Aunque desde tu fugaz paso por la agencia, ya hace más de diez años, apenas nos hemos visto, he vuelto a acordarme de ti porque creo que, otra vez, eres la persona que necesito. En mi situación no debo ni puedo acudir a amigos, familiares o compañeros. Sobre todo no a éstos. No puedo buscar la ayuda de nadie a quien la agencia pueda relacionar conmigo. No creo que ninguno de allí sepa que te conozco y que te di trabajo una vez. No quedó constancia documental alguna pues en realidad trabajabas para mí y los informes sólo los firmaba yo. Ni siquiera están ya en la agencia los pocos que llegaron a verte conmigo. Así que tú eres mi único contacto seguro. No creas que te voy a meter en líos, no es mucho lo que te pido. Sólo quiero que des noticias mías a mi familia. Ahora te contaré; pero te lo advierto ya, no uses el teléfono ni les escribas. Concierta una cita. Hay un modo de que parezca casual: ve a la calle Ezpoz y Mina, al número catorce. Verás un cartel en el que anuncian que se vende un piso. Es de mis padres. En portería te darán razón. Sigue los pasos usuales, por favor. El portero te explicará cómo está el piso y lo que piden por él. Verás que es una barbaridad, por eso creo que aún estará en venta. A pesar del precio di que quieres verlo. Entonces te lo enseñará. A ti te ha de parecer bien todo, así te dará el teléfono de mis padres. A ellos diles que querrías verlo otra vez y comentar algunas cosas, que si podéis quedar en Espoz. Si te muestras interesado se avendrán. Una vez allí les cuentas todo. No creo que nadie sospeche nada. Si algo fallara, por ejemplo que el piso ha sido vendido, lo menos malo que puedes hacer es seguir a mis padres y cuando tengas la seguridad de que nadie vigila, acércate y les cuentas mi historia en dos palabras. Ellos ya saben qué hacer. Pero quiero que se enteren de lo que me ha pasado.
Si no fuera por los viejos hábitos que he adquirido redactando cientos de informes no sabría por dónde empezar; pero los viejos hábitos están para eso, para poder trabajar sin tener que pensar, sin hacernos preguntas.
Hace una semana se me confió la custodia de unos documentos, tan importantes que es mejor que te diga lo menos posible sobre ellos. Política. Sólo necesitas saber eso. Ya te he dicho que de la vieja agencia que tú conociste de pasada sólo quedo yo. Ya no nos ocupamos de aquellos asuntillos que llevábamos cuando el Sr. Forcén era el dueño. El buen hombre vendió el negocio y se retiró, aún vive. El nuevo propietario decidió trabajar a lo grande. Nos metimos en política. A finales de los ochenta el trabajo nos desbordaba. Investigábamos para unos y para otros, imparcial y honradamente. También vendíamos información a la prensa. Hasta que entró en la empresa un nuevo accionista, con mucho dinero (no te digo su nombre por tu bien) y que consiguió que sólo trabajáramos para él aunque en apariencia todavía teníamos otros clientes. Sólo te diré que lo que ha estado pasando este último año en este país se organizó en su mayor parte en nuestra oficina. Y, aunque te parezca bastante gordo, sólo era la preparación de lo que tenía que ocurrir estos días. Todo estaba calculado. Golpe tras golpe hasta que la posición de la partida volviera mortífera esta jugada que hace un año hubiera podido ser defendida con el sacrificio de piezas que hoy ya no están en el tablero. Gracias a nosotros. Así que me encargaron ir a buscar y guardar unos días unos documentos. Lo hicieron no sólo por mi experiencia sino porque soy el mejor desapareciendo. Y eso hice. Tras volver del país donde estaba guardado me esfumé. Aterricé en una ciudad española a unos trescientos km. de donde pensaba desaparecer. allí alquilé un coche con un permiso de conducir falso. Viajé esa misma mañana, a las horas en las que hay gente en la carretera. Ni muy deprisa ni muy despacio. A la misma marcha que todos. La circulación te lleva, ¿entiendes? Llegué al mediodía y antes de comer ya había llamado a dos pisos. Uno de ellos lo alquilaba un particular que resultó ser una anciana muy amable. Estuvo encantada de que pagara sin rechistar las doscientas diez mil pesetas de fianza y mes adelantado por su piso amueblado del centro más populoso de una gran ciudad. Utilicé las habituales nominillas falsas y todo lo demás. El gestor —firmamos un contrato oficial aquella misma tarde— ni siquiera miró mis papeles. De esto hace una semana y me sorprende que recuerde y te cuente estos detalles que ya no tienen ninguna importancia. Los viejos hábitos. La verdad es que el tiempo no tiene ahora ningún sentido para mí, podrían ser siete mil días; pero quizás entonces hubiera olvidado todos estos detalles.
Los documentos no se despegaban de mí, literalmente, pues los llevaba pegados con cinta adhesiva. Tuve que afeitarme el pelo del pecho y de la barriga; pero no se separaban de mí. Cuando me duchaba, los dejaba en su bolsa de plástico, colgando de la barra de la cortina del baño, sin quitarle ojo. Para dormir era más difícil. Yo no sé dormir boca arriba, me ahogo, y boca abajo podían estropearse. Además cuando uno duerme no controla los movimientos del propio cuerpo. Aún así intenté dormir con los papeles encima las dos primeras noches pero fue un martirio. De modo que me puse a buscar un sitio seguro en la habitación. Quizá te extrañen todas estas precauciones pero la verdad es que hay agentes buscando los documentos. La información circula en estos días tan rápidamente y los papeles eran tan importantes que sólo me permitía las suposiciones menos favorables. No me pareció descabellado que supieran que algo se movía, que el golpe, cuya naturaleza ellos adivinan, fuera inminente. Tenía que suponer que buscaban los papeles. Aún lo harán. Muchos saben que sus puestos actuales dependen de este gobierno y aunque no quieran comprometerse demasiado, si pueden, si no corren un riesgo excesivo, todavía le echarán una mano. Pero eso ya no me importa. De todos modos, yo sólo tenía que guardarlo unos días y, aunque seguramente no tendrían tiempo de encontrarme, no iba a correr ningún riesgo. Incluso trataba de contar con la casualidad, por ejemplo, un ladrón que entrara en casa; normalmente no registraría al durmiente. Si me separaba del paquete tendría que estar en mi cuarto y muy escondido para desanimar al posible ladrón. Y si el que entraba sabía a lo que venía, las precauciones me darían igual.
En el cuarto había un escritorio. Me había fijado en él como en todos los detalles de la casa, por puro aburrimiento. Parecía antiguo. Lo inspeccioné minuciosamente. Parecía una pieza de anticuario. No me extrañó. El piso está en pleno rastro. Aquí lo llaman de otro modo pero es eso, un rastro en el que no sólo hay quincalleros sino también anticuarios, algunas de cuyas tiendas me parecieron interesantes; aunque desconfío, nunca sabré lo bastante de antigüedades como para estar seguro de que no me engañan. En general desconfío de los especialistas. Como te decía, lo inspeccioné. Saqué todos sus cajones, calculé grosores, medí profundidades y deduje que debía esconder un compartimento secreto. Así era. Había resuelto mi problema. No sólo me libré del paquete para dormir, sino también para estar por casa, que era la mayor parte del tiempo. Sólo salía para comer y para comprar el periódico y algo de beber y picar. Un par de veces me hice traer comida de un chino cuya propaganda encontré en el buzón. No cocino nunca en estos casos. Más que nada por la compra. Así que estaba la mayor parte del tiempo en casa, leyendo la prensa y bebiendo güisqui con mucha agua helada, sistema que sigo para poder beber todo el día sin perder la cabeza. Tenía que buscar un anuncio en un diario nacional y conservador. Sería el aviso de que tenía que reaparecer. Las mañanas pasaban despacio hasta la una. Entonces empezaba a pensar en la comida. Bajaba a un restaurante cercano y pasaba el rato hasta las cuatro. Comer solo era lo que más me costaba en este trabajo cuando empecé, ahora ya me he acostumbrado. El tiempo se me pasa sin sentir: prolongo la comida todo lo que puedo, me demoro en los postres, tomo varios cafés con la copa, pido agua fría continuamente, los periódicos de la casa, reviso la cuenta... Hasta que inevitablemente tengo que volver. Así pasaron cinco días. En la mañana del sexto empezó todo. Subí con la prensa empapado en sudor. Tenía mucho calor. Aunque el verano ha pasado, en esta ciudad no se nota. Así que antes que nada me quité la ropa y el asqueroso paquete de plástico. Lo metí en el compartimento y, en calzoncillos, antes de darme la ducha que me apetecía, me puse a buscar el anuncio sentado en el sofá del salón. Allí estaba: "Se necesita al Sr. Triana en la finca." Estoy bastante acostumbrado a estos negocios pero se me escapó un resoplido y sentí un cierto estremecimiento. Aquello era muy gordo, yo lo sabía y ese conocimiento me asustaba un poco. A pesar de eso, o quizá por eso, pensé otra vez en ducharme, pero decidí dejarlo para cuando llegara a Madrid. Me lavé de todos modos la cara y me sequé a conciencia para que el esparadrapo se adhiriera bien. Me dirigí al secreter y metí la mano en el escondrijo. A veces aún me pregunto si no habrá sido un sueño. Todavía no sé decir lo que sentí cuando me di cuenta de que allí no había nada. Al principio mantuve la calma, hay que decirlo, y tú me conoces. Pensé que se habría escurrido por detrás y que aquello no era tan seguro como había creído. Quité el cajón de debajo y volví a buscar. Nada. Entonces fue cuando empecé a asustarme. Saqué todos los cajones, abrí las puertas del compartimento inferior y metí la cabeza como pude. Comenzaba a perder los estribos. Insisto, yo siempre he tenido mucha sangre fría, en cualquier circunstancia suelo mantener mi aplomo, pero mi paciencia se estaba acabando. Además, con la cabeza allí abajo me sofocaba y no veía nada, cada vez estaba más agobiado. Resoplando traté de incorporarme pero me golpeé en la cabeza y me puse a blasfemar a voz en grito. Di un puñetazo en la pared. Aún temblaba el tabique cuando decidí tirar al suelo el maldito mueble. Quizás así salieran los malditos papeles. Los imaginé volando sobre las astillas tan a las claras que esa imagen tiene el color del recuerdo. Pero cayó y no salió nada. El estrépito me asustó, así que, después de levantarlo, no quise volver a tirarlo. No hay que llamar la atención. De modo que sólo lo miraba y volvía a mirarlo. No era posible que alguien hubiera entrado a la habitación, cogido los documentos y salido mientras leía el periódico o me lavaba la cara. A la habitación se entra desde el salón y a éste por un pasillo que pasa ante la puerta del baño que mantuve abierta. Tampoco era posible que los papeles se hubieran deslizado desde el escondrijo, no había sitio. O el mecanismo era más sutil de lo que había imaginado. Pensé en ir y comprar una sierra de bricolaje, una Black & Decker; pero ¿y si destrozaba los papeles sin darme cuenta? Recordé entonces a la dueña. Ella quizá sabría algo del compartimento. La llamé y le expliqué el caso. Le extrañó mucho que se me hubiera ocurrido guardar algo en un doble fondo ¿Era importante?, me preguntó. Ella no tenía ni idea de que el escritorio tuviera ningún compartimento secreto. Pero recordaba dónde lo había comprado. ¿Hacía mucho? Pues sólo un mes atrás. En una de las tiendas de muebles de ocasión. Estaba muy cerca. Había comprado el piso completo por cuatro perras. Era fácil llegar a pesar de sus confusas instrucciones. Me vestí a toda prisa y, tras echar otra mirada, locas esperanzas, bajé a buscar la tienda.
El establecimiento era deprimente. No sé como explicártelo porque en nuestra ciudad apenas sí se ven de esa clase: antigüedades sin interés, que no fueron bellas ni cuando eran nuevas, ruinas, muebles de ocasión feos y viejos. Sí recordaban a la señora, no debían amueblar un piso todos los meses, y también se acordaban del escritorio porque había entrado el mismo día que lo habían vendido. No había recibos ni de la compra ni de la venta. Pero sabían a quien se lo habían comprado. Era un señor mayor que de vez en cuando les traía antigüedades. Venía en una furgoneta, era blanca y llevaba pintado en la puerta una especie de casco medieval. Le sonaba haberla visto por el barrio a menudo. "Hoy precisamente es día de mercado, quizá esté en el rastro" Me lo describió: alto para su edad, pelo blanco, delgado pero fuerte o, al menos por tal como movía los muebles, eso le parecía. Fui para allá, me di una vuelta y no vi a nadie que se pareciera a las señas que me habían dado. Con esto se me hizo la hora de comer. Más por sentarme que por otra cosa fui a un bar restaurante con nombre de patriarca del Antiguo Testamento. Además vi que frente al chaflán donde desplegaba sus mesas aparcaban muchas furgonetas. La calle estaba cortada a partir de allí. Si el viejo iba hoy por el rastro era muy posible que aparcara en aquella especie de plaza improvisada. Pedí cerveza y algo para picar, aunque apenas probé bocado y eso que parecía sabroso. Pero sólo tenía sed. Por ahora no pensaba en lo que me estaba pasando, sólo vigilaba el ir y venir de los vehículos y bebía cerveza tras cerveza. Al rato, me levanté para ir a mear. Con algo de aprensión, pues con mi suerte seguro que venía en ese momento y se iría sin yo verlo. Pero no tenía más remedio. Atravesar el bar me abrió el apetito y esto me tranquilizó. Pensé que me había puesto nervioso tanta responsabilidad, que me había entrado un ataque de pánico pero que si después de comer subía a casa y buscaba con tranquilidad, seguro que los documentos estaban allí. Al pasar le dije al camarero que me sirviera el menú y me senté con ánimo de acabar cuanto antes. En seguida vinieron los platos y luego el café, la copa y la cuenta todo a la vez. Entonces la vi. Allí estaba, en tercera fila, blanca y con el emblema sobre la puerta. No había nadie dentro. Debía haber aparcado en los cinco minutos en los que me levanté. Miré en los veladores a ver si había alguien comiendo que se ajustara a la descripción. Nada. Entré en el restaurante de enfrente. Nada. Me di una vuelta por el rastro, ya prácticamente vacío. Nada. Recordé mi idea de volver al piso. Pero era mejor asegurarse primero. Volví al bar pero no quedaban mesas libres ahora. Miré hacia el de enfrente, su barra estaba orientada hacia la calle. Allí me fui y pedí otro café y otro coñac. Empezaba a no pensar con claridad. Estuve una hora bebiendo y esperando. Pensé de nuevo en volver al piso. Pero estaba confuso. No sabía para donde tirar. No me daba cuenta de que toda aquella sed era miedo pánico. Mediada la tarde me arrastré hasta la furgoneta para inspeccionarla, pensando que quizá encontraría alguna pista. Mis maniobras despertaron las sospechas de algunos clientes y vendedores. Cuando me preguntaron que si me pasaba algo con la furgoneta, les pregunté por el dueño, quería comprarle algo. Nadie me dijo nada al principio. Yo farfullé algo sobre que buscaba el teléfono o la dirección escritas bajo el emblema, pero que no estaban. Les dije en qué tienda me habían hablado de él. En fin, alguien, un camarero, se ablandó y me dijo: "No sé donde está ahora, pero ese señor, el de la furgoneta, casi nunca se va antes de las siete." Le expliqué las señas que yo tenía y coincidían. Si lo de las siete era cierto, aún tenía una hora para correr hasta el piso y buscar con tranquilidad. Esperaba que al final no tendría que hablar con el hombre del pelo cano. Pero cuando eché a andar me temí lo peor y, de nuevo, la indecisión me dejó como un pasmarote a mitad de la calle. Además cada vez pensaba más turbiamente. Por fin, en medio del sonido de los claxons, eché a correr hacia la casa. Subí a toda prisa por las escaleras y volví a revisar con cuidado hasta el más mínimo intersticio en la estructura del mueble. Por supuesto no hallé nada. Salí de estampida del piso y corrí hasta la esquina donde había dejado la única pista más o menos cierta. Estaba incorporándose a la circulación. El intermitente me pareció un adiós adiós burlón. Mi coche hubiera debido estar aparcado allí mismo pero era imposible tan cerca del rastro, la grúa municipal limpiaba aquello de particulares mal estacionados cada poco rato. Antes de que desapareciera en el horizonte pude parar un taxi. Le dije: "¿Ve aquella furgoneta? Vamos al mismo sitio." Sin darme cuenta empecé a murmurar explicaciones hasta que recordé que estaba hablando con un taxista. Guardé silencio el resto del viaje. Salimos al extrarradio y, al poco, dejó la principal para tomar una secundaria. Estaba anocheciendo. Vi que paraba y se me olvidó el desánimo que diez minutos de viajar como un paquete silencioso me habían producido. Pagué al taxista, que insistía en pedir una cantidad desorbitante por la vuelta, y me dirigí hacia la furgoneta. Pero, mientras yo pagaba, el viejo se había subido a un coche aparcado a continuación de la furgoneta que enfilaba ya el camino dejándome con un par de narices. El taxista también había desaparecido rápidamente. Miré a mi alrededor. La carretera hacía una ligera cuesta abajo desde el desvío y se perdía tras una curva unos doscientos metros más allá. Todo estaba abandonado. Empezaba a anochecer y no divisaba la luz de ningún bar o casa parecida. Subí la cuesta buscando la cercanía de la carretera principal. Un grupo de gitanos estaba sentado en corro frente a un pequeño fuego, junto a un descampado. Uno de ellos hablaba a los demás que le rodeaban sentados a sus pies. Tuve miedo. Aunque cuando divisé mejor al que hablaba me tranquilicé; era mayor, de unos sesenta años. Tenía el pelo blanco y el rostro marcado por profundas y oscuras arrugas. Pero no era el hombre que yo buscaba. Al pasar junto a ellos oí parte de la conversación.
  • Porque un pastor no deja que se pierda una oveja.
  • ¡No!
  • Un pastor deja el rebaño y va a buscarla.
  • Claro.
  • Sí.
  • Ay...
No oí más. La carretera secundaria se cruzaba con la principal por medio de un túnel que se abría bajo ésta. Estaba muy oscuro y no tuve valor para cruzarlo. Escalé el terraplén y miré hacia todas las direcciones. Empezaba a refrescar en serio. No quería alejarme de mi única pista pero tenía que encontrar donde pasar la noche. Al otro lado, en la prolongación de la carretera secundaria, se veía un letrero de Coca-Cola. No demasiado lejos. En el bar podría comer algo y sabrían de algún sitio por allí para dormir. Crucé la vacía carretera principal y me encaminé allá. Hacía frío y era noche cerrada; cuando llegué sólo me apetecía un coñac. Bebí varios y no cené nada. A la hora de cerrar traté de hacerme el remolón preguntando por alguna fonda pero ya articulaba con dificultad y no me hicieron ningún caso. Me dijeron que a la calle, a dormir la mona. Que no sabían de ninguna casa de huéspedes. Despotricando me encaminé hacia la calle otra vez. Esta vez sí que me atreví a cruzar el túnel pero no acabé de hacerlo pues me senté a descansar y me quedé dormido instantáneamente.
Me desperté aterido y con un tremendo dolor de cabeza. Las ideas se me escapaban dando chillidos como ratas asustadas. Por fin pude incorporarme. Miré hacia el bar, donde no había señales de vida; luego hacia la furgoneta. Allí seguía. Caminé doliéndome todo el cuerpo, con los ojos llorosos por el frío y la lengua gorda como la de una vaca. Pero lo peor era mi percepción de la mañana y de las últimas horas. Estas se habían borrado completamente, salvo las dos o tres cosas inconexas que te he contado. Creo que me desperté bajo el puente pero no sé si fue un sueño o realidad. En cuanto a la mañana, los ruidos usuales me llegaban como en sordina y la tenue luz del amanecer otoñal parecía atravesar un tul o un pañuelo de seda, irisando de mil maneras y desdibujando los contornos. Bajé la cuesta. Una mujer me miró un momento desde una puerta. Pero rápidamente se metió dentro cerrando de un portazo. Llegué hasta la furgoneta y me senté a su lado. Dormía una cabezada cuando el ruido de una persiana me espabiló de golpe. Era justo enfrente de la furgoneta, así que podía ser el lugar de procedencia del maldito mueble. El que había subido la persiana ya había entrado antes de poder preguntarle. Me incorporé y llamé al timbre.
Me abrió un hombre de unos treinta años, de buen aspecto. Algo más alto que yo, sus rasgos apenas llamarían la atención excepto su mirada y su voz. Creo que entonces ya tenía fiebre. La noche a la intemperie me había producido un catarro. Ahora con las aspirinas voy aguantando, pero allí, tambaleándome, sucio, temblando, no debía tener muy buen aspecto. De verdad que no recuerdo muy bien lo que pasó. Me ha quedado sobre todo la impresión que me causó su voz. Hablaba con calma, articulando con claridad y con un timbre realmente hermoso. Debí de explicar lo que me pasaba y me hizo entrar. Era una amplia nave con largos bancos de trabajo donde se afanaba una docena de operarios, vestidos con la misma bata azul que el que me abrió. Ahora recuerdo su sonrisa cuando se acercó a mi oído y empezó a darme explicaciones por debajo del estruendo. Aquello era la fábrica del mal. Todo lo que el ingenio humano había compuesto en alguna ocasión aquella bandada de sombríos operarios lo pervertía, lo tergirversaba. Allí no inventaban nada, no tenían que buscar nada; todo lo que necesitaban ya lo tenían: la frialdad del odio, la pestilencia del rencor, la viscosidad de la avaricia, la purulenta esclavitud... Recuerdo la expresión de orgullo de su rostro cuando decía esto. Me explicó que armaban guitarras cálidas, femeninas, que cuando las abrazas hielan el corazón. Teléfonos obstinadamente silenciosos cuando toda la casa espera. Bombillas que matan la luz interior de todo lo que vale la pena. Violines que aprovechan la cercanía de la yugular para uncir un yugo sobre los deseos que necesitan el calor de la sangre. Los cachivaches y artilugios salen de allí incesantemente. Brillan, coquetean desde los escaparates y siempre son los primeros que se venden. Sillas que quitan las ganas de levantarse y salir a caminar. Libros en los que siempre hay una página en blanco: aquélla en la que todo alcanza su sentido. En fin, Daniel, sutiles distorsiones que te socavan el ánimo, la voluntad, la simple alegría de estar vivo. O que te hunden para siempre. Porque nunca hay pruebas. Yo esto sólo te lo puedo contar a ti ¿quién si no me creería? En el fondo no me importa que ni siquiera tú me creas, para mí, al final, sólo hay dos clases de gente: en la que puedes confiar y en la que no. De ti me fío. Aunque pienses que me he vuelto loco, sé que irás a ver a mis padres. Y como eres un artista quizá tengas la suficiente imaginación como para no descreerme del todo. Para los demás no tengo nada que decir, no puedo ir a un juez. El verdadero mal no incumple las leyes de los hombres, se apoya en ellas. Así, la libertad crea esclavos; la justicia, prevaricadores; la solidaridad, fraude. La luz, oscuridad. El arte, la muerte.
Dada mi situación creo que aún demostré cierto coraje cuando me atreví a preguntar por el compartimento secreto y los documentos que había guardado allí. Me miró con algo de desprecio y un cierto sarcasmo en el tono. ¿No había adivinado aún? Los documentos ya no existían. No por ahora. Quizá alguna vez les resulten útiles para sus propósitos y entonces reaparecerán. Pero ¿por qué? ¿Por qué lo hacían? ¿Para quién trabajan?
  • Trabajamos para nuestra empresa, ADALID, S.A. Y por supuesto no hay razón alguna. No nos mueve ninguna pasión por el poder o la riqueza. Sólo queremos destruir algunas vidas. Porque sí.
  • Porque sí. No lo entiendo —contesté—, algo tiene que ganar con todo esto.
  • No, ni siquiera nos preocupa la política de esos tristes demiurgos, que actúan convencidos de estar guiando el rumbo de la Historia. No tenemos motivos, salvo que trabajamos para que el mal crezca y prevalezca. No importa la calidad de la vida de aquel a quien le cae en suerte alguno de nuestros aparatos. No discriminamos. Pues una vida vale tanto como otra.
Me dejé acompañar hasta la puerta. Seguía sin terminar de creer lo que me estaba pasando. Estaban cargando la furgoneta. En la acera estaba el hombre del pelo blanco. Se ofreció a acercarme al centro de la ciudad. Me chocó tanta amabilidad. Pero lo cierto es que no tenía ningún mérito: para ellos ya estaba muerto. Subí pues al vehículo. Eché alguna mirada furtiva a su interior, todo estaba guardado en cajas. Interrogué al conductor. ¿No sabían que aquellos papeles iban a hacer mucho daño, mucho mal? ¿Mucho más que el que a mi me habían hecho? Tardó en responder, aparentemente atento al tráfico, pero al rato se volvió y habló un poco, y no dijo nada amable: "¿No ha oído? ¿No ha entendido? Los papeles aparecerán o no, pero ese mal que Vd. dice que harán no nos interesa. Al menos, no del mismo modo que a Vd." No volvió a hablar. No dijo adiós. Me dejó algo alejado del piso y me arrastré como pude hasta allí. Me cambié de ropa, volví a mirar, nada, claro. Cogí todo el dinero que me quedaba y una bolsa pequeña para lo más imprescindible y ya no quiero decirte nada más. Ahora es de madrugada, han pasado casi veinte horas. Creo que sigo algo enfermo; aunque quizá sólo sea que estoy muy cansado. Me duele todo el cuerpo. No importa. En cierto sentido ya estoy muerto. Ellos lo sabían, yo lo sé. No te imaginas lo fácil que es matar a un hombre que no tiene las espaldas cubiertas. Una inyección, un matón cualquiera, un asalto nocturno y acabas en el fondo de un pantano. Hay esbirros que se ocupan de esas cosas. Alguno conozco yo. Gente magnífica, con sentido del humor incluso, aunque no siempre le pillas la gracia. De todos modos, comprenderás que me resista. Aunque yo nunca haya esperado gran cosa de la vida. Tengo bastante dinero como para comer y beber lo que me quede de vida y para mí es suficiente. No hay nadie que me espere. Mis padres ya son viejos y los nietos los han tenido de mis hermanos, así que de mí ya no esperan gran cosa. Yo mismo empiezo a ser también un viejo. Me jode hundirme cuando estoy a punto de cumplir los cincuenta, ahora hubiera querido ir retirándome de la primera línea y disfrutar un poco. Quizás un día se olviden de mí. Las cosas van tan deprisa que a lo mejor dentro de dos o tres años puedo salir a la luz. En el fondo, quizá no sean tan importantes los documentos. Aunque se afanan como hormigas enfebrecidas, esa gente que me paga, que me pagaba, no añaden gran cosa al impulso natural de las cosas, nada a la gravidez con la que caen los pequeños dioses. Caerá el gobierno, o no. Y dará igual. Sé que el mal es otra cosa y quizá que gobiernen los gobiernos sea el mayor desgobierno. Pero te he dicho hace un rato que no quiero decirte nada más, y ya me callo.
Un abrazo y gracias.

Enrique Segura.

* Fernando Alquézar Alquézar, barcelonés de cincuenta años, pasó la mayor parte de su infancia y toda su juventud en Zaragoza, donde estudió Filosofía y Letras. Allí publicó poemas en revistas literarias de corta vida como La Guadaña, allá por los años ochenta, y, más recientemente (1999), un libro de relatos, Noche abajo, editado por Paragallo, pequeña editorial ya desaparecida. También , en el año 2000, la revista CELAN le publicó un breve poema.
Durante los últimos años ha continuado escribiendo relatos, poemas y alguna novela. El relato que se reproduce a continuación pertenece al ya mencionado Noche abajo.





Volver a Nefasta

Fernando Alquézar Alquézar*


Prólogo
Leí en algún sitio una frase de Boris Vian que, traduzco libremente, venía a decir: Son reales, ya que los he imaginado perfectamente. Si yo fuera aficionado a colocar citas al principio de los libros la elegiría para éste. La verdad es que los personajes imaginarios gozan de más vida que muchos de los reales; infinitamente más longevos e interesantes, nunca se cansa uno de frecuentar su compañía. Podríamos decir que ningún personaje literario ha inducido al eremitismo (el diablo apunta uno, Jesús, o él mismo, pero es un disputa que no me interesa); y, en cambio, el mundo real es un permanente invitación a la deserción, a la dimisión, a la negación. Por eso yo abjuro del mundo y me entrego a mis fantasías con la desesperación con la que el solitario busca en la vieja agenda viejos números de teléfono: no para llamar sino para añorar.

El autor.

Nefasta, 01-07-2002
Les explicaré: yo soy autor de una sola obra. Aunque es verdad que he publicado cuatro o cinco libros (bueno, exactamente ocho) todos, salvo los de poesía, giran en torno a la misma novela Memoria de Augusta, que aquí, en este cuaderno del que en seguida hablaré, llamaré Nefasta. Pero antes debo aclarar algo; aunque ambas denominaciones suenen a Vetusta, ni Nefasta ni Augusta son Oviedo. Hay muchas augustas; en España recuerdo ahora mismo Emérita Augusta (Mérida) y Caesar Augusta (Zaragoza), pero mi Augusta fue desde el principio un territorio imaginario, un Macondo milenario fundado por los romanos en el interior de la Península. Ah, ahora recuerdo otra: Astúrica Augusta (Astorga). Si tienen curiosidad pueden consultar cualquier buen mapa de la Hispania romana y verán. Pero les decía que yo soy autor de una sola obra. Efectivamente, de Memoria de Augusta surgieron dos libros de relatos y una novela corta (en realidad lo primero que escribí), además de una adaptación para el teatro y de un ensayo sobre las claves de la novela original. Los dos libros de poemas no tienen nada que ver pero no tienen ninguna importancia. La poesía para mí no es más que una forma libérrima de reflexión, pero la poesía, y quizá no debería decirlo yo, no es sólo eso. En realidad, hoy la poesía es un arte imposible, quizá nunca se ha escrito tanta poesía aproximada, pero, poesía, lo que se dice poesía, ya casi no se escribe. De manera que yo soy autor de una sola obra.
Llevaba ya diez años sin publicar nada cuando se me ocurrió una nueva manera de obtener beneficio de mi única obra: este cuaderno, quiero decir, Volver a Nefasta. Decidí cambiarle el nombre, no sólo por razones comerciales, que son muy respetables a mi entender, sino porque quería bromear con mis sentimientos hacia Augusta. No soy un desagradecido, pero estoy harto de Augusta. Por supuesto, aquel Macondo, del que les he hablado hace un momento, era en realidad mi juventud, las cuatro calles y los cuatro amigos de la pequeña ciudad de provincias en la que hice el bachillerato y los primeros años de universidad. Aquellos días y aquel espacio fueron el material con el que creé mi Augusta, pero no son su retrato; por eso insisto en no mencionar el nombre de aquella pequeña ciudad, que quede anónima como los granos de trigo que formarán la Hostia consagrada (el Cuerpo de Cristo para los creyentes). Sí, es toda una transubstanciación, que cambia la naturaleza y el valor de la materia prima; así que, del mismo modo que los creyentes no deben buscar el trigo en la Hostia, los estudiosos y los curiosos se equivocan si se empeñan en buscar la ciudad real tras Augusta, o, mejor dicho, Nefasta.
El proyecto era sencillo: redactar un diario de mi vuelta a Nefasta, de donde salí a los veinte años, tras los primeros años de la universidad, para terminar mis estudios en Madrid. Ya no me he movido de la gran ciudad, salvo los viajes que he podido regalarme. Así que escribiría sobre el reencuentro con los amigos, con las cuatro calles, con los viejos profesores (los que aún vivieran). Todo bajo nombres falsos, por supuesto.
De todos modos, ahora que pienso, quizá no todos los lectores de este libro estén familiarizados con el mundo de Augusta-Nefasta, con los personajes y las historias que la habitan; para ellos, pues, va este resumen:
Augusta es una ciudad provinciana, dominada por una clase que a duras penas y con grandes trabajos uno puede llamar burguesía. En efecto, por ninguna parte se ve aquel dinamismo, aquella iniciativa que ha permitido a la auténtica burguesía, la anglosajona, crear un modelo de civilización universal. Más bien al contrario, todo lo pacato, lo beato, casi escribo lo meato, lo tímido y rutinario, en fin, todo lo ruin del espíritu humano se concita en Augusta para crear (y criar) una clase dirigente adormecida en sus privilegios y en sus creencias atávicas. Sin nervio, apenas atenta a las novedades (que en el mundo civilizado dejaron de serlo diez años atrás) que copia servil y neciamente, todo en Augusta discurre por los rodados caminos de la inercia más inane.
En esta ciudad crecen nuestros cuatro héroes. Al principio de la historia todavía son unos muchachos, vástagos de buenas familias augústeas, educados con una cierta calidad en el mejor colegio religioso de Augusta. A pesar de ello, la crisis de la adolescencia, el contacto con otros jóvenes, quizá peor educados pero más inquietos, les lleva a preguntarse por el sentido de sus vidas, a interrogarse por el triste papel que la sociedad les ha reservado en el gran teatro del mundo. Atisban que puede haber otra vida, otro mundo más allá de los estrechos márgenes de una sociedad rancia y cerrada. La historia cuenta precisamente el naufragio de esos cuatro seres y el modo en el que ante la ruina inminente reaccionan: uno, Boscán, permanece fiel a sus ideales a pesar del fracaso; sin embargo, se reconoce incapaz de cambiar nada y acepta una existencia anodina refugiado en la pequeña bohemia que Augusta se consiente. Es un buen tipo. Inofensivo. Otro, Vega, brillante, gran profesional, temido en las salas de los tribunales, pero sin el valor necesario para tomar una decisión sobre su vida, se consume en un mundo de excesos sensuales y cinismo ideológico. El tercero es Rivas, también abogado, ejerce su profesión con gran capacidad. Es muy apreciado en los círculos políticos en los que se le auguraba una brillante carrera, pero, incapaz de aceptarse tal como es, padece de bovarismo agudo. Acaba con su carrera en un mar de alcohol, speed, barbitúricos y depresiones. Por último, Alarcón, quizá la única víctima de los cuatro, no superó la crisis de la adolescencia y se enganchó en la heroína; después de entrar y salir de sus vidas durante unos años dejaron de saber de él. Para los otros tres es como aquel componente de los Pynk Floyd, Syd Barret, desvanecido en otra vida. Ordinariamente, no alcanza a ser más que un molesto silencio en la conversación. Al final de la historia, los tres se continúan viendo, pero cada vez menos.
Los cuatro personajes son imaginarios, por supuesto, pero eso no quiere decir que yo no haya conocido personas que les hayan cedido (a su pesar) una parte de su carne y de su sangre. En realidad no hay una correspondencia exacta, ya que los rasgos de cada personaje se refieren a diferentes personas reales. Se me plantea la cuestión de cambiarles también el nombre, como he hecho con la ciudad. La cuestión de los nombres no es baladí; pero no los cambiaré por dos razones: en primer lugar, Nefasta siempre ha sido el verdadero nombre de Augusta, cada vez que escribía éste, pensaba en aquél, no lo usé por mera prudencia; y en segundo, porque multiplicar los nombres, que, como ahora se verá, es, por otra parte, inevitable, no haría más que redundar en confusión. De manera que he decidido mantener los nombres de la ficción y llamar a los personajes reales por el nombre del literario más un número, según el sistema de correspondencias que dio lugar a la creación de los personajes novelescos. Así, para Boscán utilicé las vidas de dos conocidos míos, llamados desde ahora Boscán Uno y Boscán Dos. Para Vega, tomé los rasgos físicos de un amigo de la infancia, Vega Uno, y la profesión y el carácter de dos compañeros universitarios, Vega Dos y Vega Tres. Rivas está tomado de una pieza de otro compañero universitario, y aunque alguna característica salió de Boscán Dos, no merece la pena liar las cosas, será Rivas Uno. Por supuesto hay un Alarcón Uno y un Alarcón Dos. En las páginas que siguen procuraré no dar demasiadas pistas de estos personajes reales, varios de ellos son miembros conocidos de la comunidad y abogados de reconocido prestigio litigante. Por otra parte, no se trata de su historia sino de mi viaje de vuelta a Nefasta, el pequeño país real del que surgió Augusta.
Me he alojado en un buen hotel de Nefasta. Lleva el nombre de una de sus escasas celebridades: un pintor muy apreciado en la ciudad y con desigual fortuna crítica. También él, como mis héroes, trató de rebelarse, viajó a París, conoció a los vanguardistas, se hizo alguna foto con Picasso y acabó sus días mecido en la fama local, retratista en Nefasta de todos los prohombres y de sus señoras. Como, en mi opinión, nunca dejó de ser un buen pintor, sus obras pueden disfrutarse todavía, aunque, eso sí, en pequeñas dosis. Tanto collar de perlas, tanto tafetán, tanto encaje cansan pronto.
He llegado a media tarde y me he dejado llevar por la pereza, me he duchado al poco de llegar y he pasado un rato tumbado desnudo y a medio secar en la cama. Me he quedado medio dormido y cuando me he espabilado por la ventana se colaba la luz rojiza del largo atardecer veraniego. Me he sentido extrañamente vacío, curiosa reacción simétrica a la que a uno le aqueja cuando termina algo importante, es como un vértigo ante la tarea pendiente percibida como un laborioso abismo de tedio. No he querido llamar a nadie todavía; recién llegado, he pensado que tenía que dejar que el alma me alcanzara. Cerca del hotel, uno de mis bares preferidos en Nefasta me ha resuelto por esta noche la intendencia y me he retirado temprano, para dar ocasión a mi alma de reintegrarse a mi cuerpo en lo más profundo del sueño. Antes, claro, he pergeñado estas páginas desalmadas.

*Fernando Alquézar Alquézar, barcelonés de cincuenta años, pasó la mayor parte de su infancia y toda su juventud en Zaragoza, donde estudió Filosofía y Letras. Allí publicó poemas en revistas literarias de corta vida como La Guadaña, allá por los años ochenta, y, más recientemente (1999), un libro de relatos, Noche abajo, editado por Paragallo, pequeña editorial ya desaparecida. También la revista CELAN le publicó un poema el año 2000.
Durante los últimos años ha continuado escribiendo relatos, poemas y alguna novela. A continuación se ofrece el capítulo inicial de un relato inédito que formaría parte de un libro con tres relatos que se titularía Libresco.



Presentación | Libros | Documentos | Comentarios de terminología | COLABIOCLI | Cursos y congresos
Premios | Direcciones de colegas | Enlaces